COLUMNA DE OPINIÓN: ISLAM
No es cuestión de países pobres o ricos, de creyentes o infieles, de democracias o califatos. El problema de fondo es la ausencia de autonomía e independencia que impera en las regiones musulmanas, sobre todo, en lo que se refiere a la igualdad entre géneros y a la libertad de expresión.
Antonio Jarabo Velayos
La incompatibilidad entre el Islam y la democracia existe desde que sendas concepciones nacieron. En el último siglo, se han dado numerosos intentos de convivencia en muchos países musulmanes. La idea motriz de esta unión se apoya en que el Islam es una religión de amor y concordia, perfectamente preparada para combinar la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, la realidad es bien distinta. Y es que el fracaso de la democracia liberal en las sociedades musulmanas tiene su fuente en la naturaleza, en la cultura y en la sociedad islámica, incapaz de compartir las mismas ideas de libertad grabadas a fuego lento en la civilización europea y americana.
Es evidente que los pueblos musulmanes carecen del nivel de libertad que existe en la cultura occidental. Y ese es el verdadero abismo que les separa. Lo que no entiende el Islam del occidental es su enorme grado de libertad, a partir de la cual han podido construirse las sociedades más exitosas de la historia sin la necesidad de uniformar hábitos y costumbres. Por este camino, la cultura occidental ha relegado la religión a lo individual, dando muerte al Dios del pueblo. Por esta razón, al mundo musulmán no hay que ofrecerle democracia. Lo que necesitan es mayor libertad individual. Ese es el único camino para que entiendan que la religión es una decisión personal. Llegados a este punto, creo que para que se produzca una diálogo sin fisuras, es primordial que se conozca la forma de pensar del interlocutor. Por consiguiente, es importante conocer de dónde viene el Islam para saber cuál vía va a tomar en el futuro. De esta manera, es muy útil asimilar una serie de rasgos históricos que marcan la forma de pensar islámica para así no caer en el pecado de ser intolerantes con lo que desconocemos.
Comencemos por el principio. En el año 570 nació en la Meca quien sería el creador de una nueva religión monoteísta. Nos referimos a Mahoma, un comerciante de caravanas, que a causa de sus continuos viajes había podido comprender las dos religiones monoteístas del Cercano Oriente: la judía y la cristiana. Cuando tenía cuarenta años, Mahoma vivió en un sueño la revelación de que el sería, a partir de ese momento, el guía de una nueva religión, el Islam, cuyo significado es “sumisión al Dios Alá”. En su labor de transmitir el mensaje divino, Mahoma se encontró con enormes dificultades, hasta el punto de que en el año 622 tuvo que refugiarse en Medina, ya que los habitantes de la Meca rechazaban la nueva religión. Esto es lo que se conoce como la Hégira, fecha en la que comienza el año cero del calendario lunar musulmán.
Todos estos parajes aparecen reflejados en el Corán, libro sagrado del Islam. Este tratado fue escrito por los sucesores de Mahoma, ya que éste era analfabeto, y en sus páginas se encuentran las reglas básicas a las que deben someterse sus seguidores. Por ejemplo, para ser un verdadero creyente, hay que orar cinco veces por día mirando hacia la Meca, entregar obligatoriamente limosna al necesitado, no beber alcohol, ayunar entre la salida y la puesta del sol en el mes de Ramadán y procurar ir, al menos una vez en la vida, en peregrinación a La Meca. Estos preceptos deben observarse a través de una lucha interior contra toda creencia que se oponga a las reveladas y contra todo pueblo que intente combatirlas. El medio de lucha que propone para ello el Corán es la temida “Guerra Santa”.
En el año 632, se produjo el fallecimiento de Mahoma. Sus cuatro primeros sucesores, llamados califas, fueron parientes suyos, los cuales se encargaron de extender el mundo musulmán por el noreste de África, Persia, Siria y Palestina. Desde entonces, pocas cosas han cambiado en la mentalidad del islamista, pese a ello, la distancia entre ambos mundos cada vez es mayor. Por esta razón, lo fundamental es que, una vez entendida la creencia mahometana, Occidente intente buscar la empatía con la religión islámica para verla con otros ojos y no relacionarla únicamente con el petróleo y el terrorismo integrista. Sólo así podrán dejarse atrás los prejuicios y lograrse lazos de unión entre ambas comunidades.
Etiquetas: Opinión
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