jueves, mayo 14, 2009

A VECES, EL AMOR ES IMPOSIBLE

Drácula de Bram Stoker
Antonio Jarabo Velayos
Existen pocas películas que tengan la capacidad de absorber la atención del espectador al 100% y esta obra de Francis Ford Coppola es una de ellas. Cuando ves “Drácula de Bram Stoker” te olvidas de todo lo demás y te sumerges en una historia que te hace abrigar sensaciones encontradas, ya que, por una parte, se siente compasión por un ser cuyo principal pecado es haber amado con locura, pero, por otra parte, también se profesa repulsión hacia una ‘bestia’ que encarna al mismísimo diablo. Se trata, por tanto, de un relato amargo que tiene muchos rasgos en común con la novela romántica de “Romeo y Julieta” de William Shakespeare, puesto que en ambas se narra la desdicha de perder el amor.

Uno de los aspectos que hace que este film sea tan especial y recordado es la maestría con la que Coppola crea en este drama una atmósfera neogótica, lúgubre, terrorífica y a la vez seductora, que permite inundar la pantalla de la esencia del mito del vampiro. Es decir, consigue embaucar a los espectadores con su maravilloso juego de luces y sombras que hacen que la película tenga un aspecto totalmente tétrico. En este sentido, las localizaciones, los decorados, los efectos especiales y la caracterización de los personajes juegan a favor del film y lo hacen tremendamente convincente. A todo esto, hay que sumar la sublime actuación de Gary Oldman en su papel como protagonista, dando vida a la leyenda del Conde Drácula, un amante desconsolado que carga con una imperecedera sed de sangre.

Asimismo, también es admirable como Coppola ha sabido trasladar al celuloide la obra del escritor irlandés Bram Stoker, principalmente, en su representación de un Drácula pútrido, sanguinario y lujurioso, pero también hipnótico y cautivador. Gracias a estas cualidades, la película en sí misma adquiere las peculiaridades de un vampiro y se convierte en una fuente de gravedad que atrae al propio espectador, que se encuentra constantemente intranquilo e inquieto, pero que no puede escapar a las redes de su metraje. Sin duda, también influye en este encantamiento, el desarrollo de la película mediante el recurso del género epistolar y según los diarios de Mina, Jonathan y el doctor Van Helsing.

El argumento de “Drácula de Bram Stoker” cuenta la historia de cómo el Príncipe Vlad de Balaquia (el camaleónico Gary Oldman) perdió al amor de su vida mientras combatía con ferocidad a los turcos en los Balcanes en el siglo XV. Fruto de esta tragedia, nació su odio y su renegación hasta convertirse en el misterioso Conde Drácula, el más grande valedor de una estirpe de asesinos. Después de varios siglos sumido en la angustia, Drácula descubrirá de nuevo la pasión en la preciosa e ingenua Mina (Winona Ryder), la prometida de Jonathan (Keanu Reeves), un pasante que gestiona algunas de las posesiones del aristócrata rumano. Este abominable vampiro intentará conquistar la atención de Mina, su último contacto sincero con la humanidad. Será entonces cuando entre en escena la estampa del doctor Van Helsing (Anthony Hopkins), el único que conoce los secretos para acabar con esta plaga de muerte y destrucción.

Esta producción no sólo exhibe esta lucha sin parangón, sino que también se recrea hábilmente en mostrar la belleza artística del símbolo vampiril, acompañada de una magnífica banda sonora. Para ayudar a este cometido, se emplea en ciertos momentos de la obra la estética del precario cinematógrafo, lo que igualmente sirve para introducir al público en la época y en el contexto en el que tiene lugar esta historia. Sin embargo, debido a que el film se centra mucho en esta descripción detallada de la figura del Conde Drácula, adolece de un excesivo carácter literario, lo que le proporciona un atractivo inmenso, pero también hace que sea una película lenta y pesada en determinados pasajes.

El final es un fiel reflejo del ideal universal de que el amor es más fuerte que la propia muerte. Y es que, paradójicamente, es el amor que rejuvenece y da vida a Drácula el que también acaba por destruirle. En este punto, es curiosa la contraposición de sentimientos que padece este personaje: por un lado, la codicia por la sangre que le proporciona la inmortalidad y, por otra parte, su devoción por el amor. Esta misma contradicción también se hace patente en la última escena, ya que con la muerte de Drácula a las manos de la persona que más quiere, el Príncipe de las tinieblas puede obtener finalmente la paz y lo que más ansía: reencontrarse con la mujer que el destino le arrebató.

En definitiva, decir que “Drácula de Bram Stoker” es una obra embriagadora, que rebosa talento y fantasía y que está a la altura de la novela original. Además, es una de las mejores apariciones del Conde Drácula en pantalla, lo que contribuye notablemente a agrandar mucho más su mito. Con esto quiero decir que nos hallamos ante una de las mejores películas de la historia del cine y que, a pesar de los “océanos de tiempo” que pasen y pasen, jamás será olvidada. Un 10 rotundo para Francis.

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