UN WESTERN QUE NO PASA DE MODA
El hombre que mató a Liberty Valance
Antonio Jarabo Velayos
Cuando ves una película lleno de expectativas, lo más habitual es que el film te acabe decepcionando. No obstante, con “El hombre que mató a Liberty Valance” sucede todo lo contrario, aunque no te sientas especialmente identificado con el género del western, terminas amándolo e interesándote por las peculiaridades de este relato. Y es que esta obra no es una producción cualquiera, sino el mejor western rodado por John Ford, entre otras razones, por lo bien que en él se transmite la estética (acertada elección de los exteriores) y la ley del oeste: un ambiente polvoriento en el que la justicia balística está al orden del día.
Además, esta cinta representa el inicio de un nuevo género cinematográfico. Se trata del western crepuscular en el que la decadencia y la pérdida de la épica son dos rasgos fundamentales. Esta idea se observa perfectamente en la trama de “El hombre que mató a Liberty Valance”, en la que se representa hábilmente la evolución de una sociedad sin reglas hacia una sociedad civilizada. En este film, se edulcora la violencia y los vaqueros ya no son luchadores honrados, sino hombres con fisuras que pasan más tiempo hablando de épocas mejores que disparando. De hecho, la historia está contada mediante un gran flash-back en el que el protagonista cuenta sus ‘desventuras’ a un afamado periodista de la zona.
John Ford se caracteriza por ser todo un experto en trabajar el interior de los personajes y eso se nota en “El hombre que mató a Liberty Valance”, principalmente, en la disección que realiza de los personajes principales. Este es el caso de Tom Doniphan (John Wayne), hombre rudo, galante, valiente y respetado, pero que no es capaz de asumir el peso de liderar al pueblo; de Ramsom Stolar (James Steward), hombre de leyes, justo, honorable y racional, un idealista que se aferra más a las palabras que a la violencia; y de Liberty Valance (Lee Marvin), un pistolero sin escrúpulos, asesino y saqueador, que tiene amedrentada a la población y que sólo piensa en su propio provecho.
Si profundizamos más en la personalidad del protagonista y del antagonista, descubrimos como ambos reflejan dos arquetipos claramente definidos. Liberty Valance refleja el estereotipo de un dictador que se ríe de la ley, que ningunea al comisario del pueblo y que acaba con la libertad de prensa. Mientras que el personaje de Ramsom Stolar es el que más atrae a la sala de butacas porque desde nuestra postura de ‘mirones’ siempre nos identificamos más con el perdedor, el indefenso y el débil antes que con el típico abusón deslenguado.
La película se centra en la dicotomía entre la fuerza y la razón. Es un canto a la libertad y a la democracia frente a la fuerza bruta y sin sentido. Sin embargo, en el film se muestra una visión tremendamente realista en la que se hecha por tierra la creencia de que “dos hombres no luchan si uno no quiere” hasta el punto de que el propio James Steward, la gran ‘víctima’ de la trama, llega a afirmar que “de nada sirven las palabras contra la fuerza”. Es, en resumidas cuentas, una lucha de ‘titanes’ entre el bien y el mal o, mejor dicho, entre la cabeza y el corazón. Esta idea también se proyecta en la pugna pacífica librada entre Tom Donyphan (hombre duelista) y Ramsom Stolar (un soñador adelantado a su época) por el amor de la hermosa Hally (Vera Miles). Pero, curiosamente, estos roles giran a medida que avanza el relato y al final es Stolar el que triunfa gracias a un engaño y Donyphan el que se sacrifica en un claro acto de amor y de nobleza.
Si hay algo que me gustaría resaltar, especialmente, en el cine de Ford es su gran humanidad. Sus películas son un homenaje al sentimiento americano, al compañerismo, a la familia, a los antepasados, a las tradiciones, al valor, al deber, a la justicia y a la honestidad. Asimismo, la simplicidad de los planos, la excelente fotografía (gran fuerza visual) y la sencillez argumental hacen que esta obra maestra de John Ford sea más fácil de recordar por el público. Por otra parte, en el tema de la iluminación, se perciben algún que otro guiño al movimiento del expresionismo alemán en escenas con elevadas dosis de tensión como son el ataque de Liberty Valance al periódico o el esperado duelo entre el héroe y el villano.
Como notas negativas, es necesario mencionar que hay algunas situaciones en la película que no se entienden como, por ejemplo, que exista un comisario tan abobado, inútil y cobarde o que nadie se atreva a pararle los pies al enemigo común. En este punto, es incomprensible por qué Tom Donyphan no se enfrenta mucho antes al personaje que interpreta Lee Marvin. Por otra parte, el hecho de que John Ford apenas mueva la cámara durante el rodaje del film (estilo muy natural) hace que el espectador se sumerja más fácilmente en la historia, pero también implica que el ritmo sea algo lento y pesado en ciertos pasajes del largometraje.
La conclusión con la que se queda el espectador es bastante inquietante porque el último acto de la película nos viene a revelar el hecho de que los ciudadanos admiran al ‘gran’ senador Stolar no por ser un caballero que ha instaurado la ley y el orden en el territorio, sino por ser el ‘supuesto’ asesino de un hombre despreciable. Es evidente que esta circunstancia no deja en muy buen lugar a la condición del ser humano. Un aspecto que te hace reflexionar sobre la naturaleza de nuestros deseos más íntimos.
En mi opinión, “El hombre que mató a Liberty Valance” es una obra que merece un sobresaliente por su enorme capacidad para atraer tanto a los seguidores de las películas de acción como a los que buscan en la gran pantalla un aire más intelectual y reflexivo. A pesar de ser una película producida hace bastantes años, es un film que no desentona en absoluto en la actualidad, ya que se centra en temas que nunca pasarán de moda como son la libertad, la justicia, la camaradería y el amor. De este modo, con títulos como éste, Ford ha contribuido a popularizar el western y hacer de él un género respetado y valorado.
Además, esta cinta representa el inicio de un nuevo género cinematográfico. Se trata del western crepuscular en el que la decadencia y la pérdida de la épica son dos rasgos fundamentales. Esta idea se observa perfectamente en la trama de “El hombre que mató a Liberty Valance”, en la que se representa hábilmente la evolución de una sociedad sin reglas hacia una sociedad civilizada. En este film, se edulcora la violencia y los vaqueros ya no son luchadores honrados, sino hombres con fisuras que pasan más tiempo hablando de épocas mejores que disparando. De hecho, la historia está contada mediante un gran flash-back en el que el protagonista cuenta sus ‘desventuras’ a un afamado periodista de la zona.
John Ford se caracteriza por ser todo un experto en trabajar el interior de los personajes y eso se nota en “El hombre que mató a Liberty Valance”, principalmente, en la disección que realiza de los personajes principales. Este es el caso de Tom Doniphan (John Wayne), hombre rudo, galante, valiente y respetado, pero que no es capaz de asumir el peso de liderar al pueblo; de Ramsom Stolar (James Steward), hombre de leyes, justo, honorable y racional, un idealista que se aferra más a las palabras que a la violencia; y de Liberty Valance (Lee Marvin), un pistolero sin escrúpulos, asesino y saqueador, que tiene amedrentada a la población y que sólo piensa en su propio provecho.
Si profundizamos más en la personalidad del protagonista y del antagonista, descubrimos como ambos reflejan dos arquetipos claramente definidos. Liberty Valance refleja el estereotipo de un dictador que se ríe de la ley, que ningunea al comisario del pueblo y que acaba con la libertad de prensa. Mientras que el personaje de Ramsom Stolar es el que más atrae a la sala de butacas porque desde nuestra postura de ‘mirones’ siempre nos identificamos más con el perdedor, el indefenso y el débil antes que con el típico abusón deslenguado.
La película se centra en la dicotomía entre la fuerza y la razón. Es un canto a la libertad y a la democracia frente a la fuerza bruta y sin sentido. Sin embargo, en el film se muestra una visión tremendamente realista en la que se hecha por tierra la creencia de que “dos hombres no luchan si uno no quiere” hasta el punto de que el propio James Steward, la gran ‘víctima’ de la trama, llega a afirmar que “de nada sirven las palabras contra la fuerza”. Es, en resumidas cuentas, una lucha de ‘titanes’ entre el bien y el mal o, mejor dicho, entre la cabeza y el corazón. Esta idea también se proyecta en la pugna pacífica librada entre Tom Donyphan (hombre duelista) y Ramsom Stolar (un soñador adelantado a su época) por el amor de la hermosa Hally (Vera Miles). Pero, curiosamente, estos roles giran a medida que avanza el relato y al final es Stolar el que triunfa gracias a un engaño y Donyphan el que se sacrifica en un claro acto de amor y de nobleza.
Si hay algo que me gustaría resaltar, especialmente, en el cine de Ford es su gran humanidad. Sus películas son un homenaje al sentimiento americano, al compañerismo, a la familia, a los antepasados, a las tradiciones, al valor, al deber, a la justicia y a la honestidad. Asimismo, la simplicidad de los planos, la excelente fotografía (gran fuerza visual) y la sencillez argumental hacen que esta obra maestra de John Ford sea más fácil de recordar por el público. Por otra parte, en el tema de la iluminación, se perciben algún que otro guiño al movimiento del expresionismo alemán en escenas con elevadas dosis de tensión como son el ataque de Liberty Valance al periódico o el esperado duelo entre el héroe y el villano.
Como notas negativas, es necesario mencionar que hay algunas situaciones en la película que no se entienden como, por ejemplo, que exista un comisario tan abobado, inútil y cobarde o que nadie se atreva a pararle los pies al enemigo común. En este punto, es incomprensible por qué Tom Donyphan no se enfrenta mucho antes al personaje que interpreta Lee Marvin. Por otra parte, el hecho de que John Ford apenas mueva la cámara durante el rodaje del film (estilo muy natural) hace que el espectador se sumerja más fácilmente en la historia, pero también implica que el ritmo sea algo lento y pesado en ciertos pasajes del largometraje.
La conclusión con la que se queda el espectador es bastante inquietante porque el último acto de la película nos viene a revelar el hecho de que los ciudadanos admiran al ‘gran’ senador Stolar no por ser un caballero que ha instaurado la ley y el orden en el territorio, sino por ser el ‘supuesto’ asesino de un hombre despreciable. Es evidente que esta circunstancia no deja en muy buen lugar a la condición del ser humano. Un aspecto que te hace reflexionar sobre la naturaleza de nuestros deseos más íntimos.
En mi opinión, “El hombre que mató a Liberty Valance” es una obra que merece un sobresaliente por su enorme capacidad para atraer tanto a los seguidores de las películas de acción como a los que buscan en la gran pantalla un aire más intelectual y reflexivo. A pesar de ser una película producida hace bastantes años, es un film que no desentona en absoluto en la actualidad, ya que se centra en temas que nunca pasarán de moda como son la libertad, la justicia, la camaradería y el amor. De este modo, con títulos como éste, Ford ha contribuido a popularizar el western y hacer de él un género respetado y valorado.
Etiquetas: Cine.
0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home