jueves, mayo 14, 2009

LA BALANZA DE LA JUSTICIA SIEMPRE SE NIVELA

TESTIGO DE CARGO
Antonio Jarabo
“Testigo de Cargo” es una adaptación de una novela de Agatha Christie en la que Billy Wilder da vida a un ‘whodunit’ con tintes románticos. Se trata de un film ambientado en la Gran Bretaña de los años 50 y en los procedimientos judiciales de la época. Este título se adecua perfectamente al mundo del cineasta hollywoodiense en el que nada es lo que parece y todo resulta ser un engaño.
A esta circunstancia, contribuyen ampliamente los arquetipos de rufianes y pillos que colapsan este film, llegando a provocar que el espectador no confíe en nadie en ciertos pasajes de esta producción. Y es que en esta proyección, se revelan personajes muy humanos, imperfectos y antihéroes, lo que produce una sensación de desconfianza, pero también de identificación con algunos de sus protagonistas. Se ofrece una baraja de naipes de los más variada formada por un abogado irresponsable y charlatán, un acusado atemorizado, una enfermera hilarante y una mujer fría y calculadora.
En esta obra, se descubre la personalidad y el buen hacer de Wilfrid “El Zorro”, interpretado por un soberbio Charles Laughton, un abogado malhumorado y testarudo que a pesar de comportarse ‘como un niño’, dispone de una lucidez brillante a la hora de exponer sus argumentos. Este personaje destaca no sólo por ser un tanto gruñón, sino también por los excelentes y agudos diálogos que mantiene a lo largo de todo el largometraje. Sus intervenciones, llenas de ironía, sarcasmo y clarividencia recuerdan al estereotipo actual del personaje del Doctor House, sobre todo, por el hecho de que parece que cada vez que abre la boca va a sentar cátedra.
El juicio con el que comienza la trama nos anticipa desde los primeros compases del film cuál va a ser el tono en el que se va a mover la historia que no es otro que dar respuesta a la pregunta de ¿quién es el asesino de la señora French? A medida que Wilfrid y el propio espectador van conociendo detalles del crimen, ambos quedan atrapados en el suspense y la intriga que tan bien sabe dosificar Wilder durante la obra.
El argumento de la película se centra en la defensa de Leonard Vole (Tyrone Power), acusado de asesinato. El estímulo que sirve de ‘gancho’ no es otro que la aparente situación de desesperación de Vole y la convicción de su abogado de que su cliente es inocente. Toda la trama se complica con la aparición de Marlene Dietrich en su papel de Christine, una inquietante mujer casada con Vole y que desde sus primeras palabras deja entrever que oculta un secreto. La suma de todas las pruebas del caso más la actitud desconcertante de Christine hacen que la obra se convierta en una ecuación con varias incógnitas por resolver. Según van avanzando los acontecimientos, todo parece ponerse en contra de Vole y eso hace que el relato cinematográfico sea aún más atractivo, ya que cuánto mayor es la montaña a escalar, mayor será la satisfacción de poder llegar a la cima.
Entre los puntos fuertes de “Testigo de Cargo”, hay que destacar el magnífico uso de los flash-backs con los que se cuenta la historia ‘por fascículos’ desordenados como si se tratara de una especie de puzzle que se va reconstruyendo. También es de alabar la música empleada en estas escenas debido a que ésta cumple afinadamente su función de reforzar los estados de ánimo de cada una de las situaciones. Por otra parte, como es habitual en la mayoría de las obras de Wilder, los objetos también ocupan una posición privilegiada en la trama. Es el caso de la introducción del acordeón y la batidora como elementos de seducción o el simbolismo del haz de luz del monóculo como un dedo acusador o una curiosa de maquina de la verdad que escudriña al milímetro las reacciones de los personajes.
Asimismo, la utilización de los planos medios y generales en la película durante sus casi dos horas de duración hacen que la realización sea bastante aséptica. Es decir, lo que se pretende es premiar los ingenios diálogos por encima de las florituras de la cámara y los posibles embellecimientos de la imagen. En este sentido, merecen una mención especial los planos de carácter subjetivo explotados desde la perspectiva del estrado, lo que esgrime una identificación del destinatario con los sentimientos de los declarantes, en especial, con la angustia que atesora a Leonard Vole en su alegato final.
Es, precisamente, la resolución final uno de los aspectos más criticados por los detractores de este film que ven como el último acto peca de un cierto grado de artificiosidad. Es cierto, que en tan sólo cinco minutos se solucionan todos los avatares montados a lo largo de la cinta, pero también es verdad que se trata de una conclusión conveniente hilvanada y sorprendente. La balanza de la justicia se nivela de una forma inesperada, sobrepasa ferozmente los anclajes del amor incondicional y logra que todos los misterios queden atados cabalmente.

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