EN EL AMOR SIEMPRE HAY ALGO DE LOCURA
La fiera de mi niña
Antonio Jarabo Velayos
Ironía, complicidad, surrealismo y locura irrefrenable son algunos de los ingredientes que hacen de “La fiera de mi niña” una de las mejores comedias de la historia del cine y la principal muestra de la llamada comedia enloquecida de los años 30. Esta película, dirigida por el director americano Howart Hawks, es, sin lugar a dudas, un título fundamental en la filmografía de cualquier cinéfilo.
Los auténticos puntos fuertes de esta obra se encuentran en un guión profundamente ingenioso y en unas interpretaciones superiores. En este sentido, ambos elementos conjugados producen un resultado difícil de igualar. Sus escritores, Hagar Wilde y Dudley Nichols, supieron exprimir el jugo de la típica trama amorosa hasta el punto de llegar conquistar al auditorio en los primeros minutos de la proyección.
Para ello, la herramienta empleada se basa en mostrar claramente las contradicciones entre lo que hacen, dicen y sienten los protagonistas. El juego de miradas entre ambos es un recurso muy bien utilizado en este sentido. Igualmente, también es muy acertada la fórmula de implantar progresivamente pequeños entuertos en la trama para que los personajes vayan solucionándolos juntos hasta llegar a un carrusel de conflictos que desembocan en la cárcel.
Desde el punto de vista del guión, es de alabar la perfecta construcción de los personajes interpretados por Kathernie Hepburn y Cary Grant, los cuales gozan de unos papeles muy bien definidos y que combinan de una forma sublime en la gran pantalla. Por un lado, Cary Grant da vida a David, un paleontólogo racional, responsable y educado, pero también algo tímido, dubitativo y maleable. Por el contrario, su ‘cruz’ en la ficción será representada por Katherine Hepburn en el personaje de Sussan, una joven alocada, impetuosa e impaciente, pero que descubre en David al amor de su vida.
La relación entre ambos es evidentemente el aspecto que más emociona del largometraje y a la vez es la clave sobre la que gira todo la trama. Su relación se podría relatar como un choque de trenes, un tira y afloja o una bomba de relojería, pero más bien consiste en una especie de partida de ajedrez que ambos juegan instintivamente. En un principio, los dos se quieren, pero ninguno se atreve a reconocerlo por miedo a dejarse al descubierto. Es como una montaña rusa repleta de altibajos en la que el destino acabará juntándoles una y otra vez y entrelazará sus vidas irremediablemente.
En cuanto al argumento, la historia envuelve al público desde el primer segundo gracias a la insensatez y a los golpes de efecto que revitalizan la película constantemente. En este film, Howart Hawks logra el difícil cometido de no aburrir al espectador gracias a una simbiosis de hechos que no concuerdan aparentemente, pero que finalmente sirven para crear manifestaciones muy potentes. La obra carece de cualquier tipo de suspense, ya que desde la primera escena, es previsible que entre los protagonistas hay algo especial, sin embargo, es capaz de enganchar explotando la curiosidad que existe en ver cómo dos personalidades tan distintas terminarán enamorándose como sucede con el magnetismo de dos polos opuestos.
Se trata de un film espectacular gracias a la sencillez con la que se consigue que cualquier circunstancia cotidiana acabe convirtiéndose en una realidad embarazosa, llena de diálogos sagaces y terriblemente sugerentes. Buena culpa de ello la tienen la integración de elementos de atrezzo muy particulares (pelota de golf, teléfonos, costilla intercostal…), la inclusión de coches y animales como un plus humorístico y el buen manejo de los juegos de palabras, los dobles sentidos y los significados latentes. Es cierto que, en ocasiones, estas situaciones son forzadas y sin sentido, pero tratándose de una comedia histriónica éste semblante es un mal menor.
Esta idea del simbolismo subyacente queda representada en la famosa escena en la que Sussan engaña por teléfono a David para que éste vaya a visitarla. En esta escena, se demuestra cómo narrativamente se puede decir todo sin pecar de ser demasiado explícito. A partir de ahí, toda la película cambia y la pareja ya conoce cuáles son sus sentimientos, aunque ninguno lo haya reconocido abiertamente. Es una de las escenas más memorables de toda la obra.
Un aspecto que llama la atención es el predominio de los planos medios largos en los que prima tanto el personaje como el escenario en el que se sitúan. Lo más lógico hubiera sido poner más hincapié en los primeros planos o planos más cerrados para estimular más la expresividad de los actores y reflejar mejor sus emociones, sentimientos, reacciones, gestos... Aunque quizás este método podría ser un inconveniente a la hora de conseguir que el ritmo de la película sea trepidante.
Por último, también es resaltable la importancia que se da en este largometraje a la canción “Todo te lo puedo dar menos el amor, babyyy…” que, a parte de ser un mecanismo más para incitar la comedia, sirve como resumen del planteamiento que revolotea en los más de cien minutos que dura el film: el amor no se puede dar, simplemente surge cuando menos te lo esperas. En definitiva, “La fiera de mi niña” es una obra cinematográfica impresionante que deja al espectador embelesado mientras visiona el film. En resumidas cuentas, es de esas películas que uno siempre recuerda con una sonrisa en la cara.
Los auténticos puntos fuertes de esta obra se encuentran en un guión profundamente ingenioso y en unas interpretaciones superiores. En este sentido, ambos elementos conjugados producen un resultado difícil de igualar. Sus escritores, Hagar Wilde y Dudley Nichols, supieron exprimir el jugo de la típica trama amorosa hasta el punto de llegar conquistar al auditorio en los primeros minutos de la proyección.
Para ello, la herramienta empleada se basa en mostrar claramente las contradicciones entre lo que hacen, dicen y sienten los protagonistas. El juego de miradas entre ambos es un recurso muy bien utilizado en este sentido. Igualmente, también es muy acertada la fórmula de implantar progresivamente pequeños entuertos en la trama para que los personajes vayan solucionándolos juntos hasta llegar a un carrusel de conflictos que desembocan en la cárcel.
Desde el punto de vista del guión, es de alabar la perfecta construcción de los personajes interpretados por Kathernie Hepburn y Cary Grant, los cuales gozan de unos papeles muy bien definidos y que combinan de una forma sublime en la gran pantalla. Por un lado, Cary Grant da vida a David, un paleontólogo racional, responsable y educado, pero también algo tímido, dubitativo y maleable. Por el contrario, su ‘cruz’ en la ficción será representada por Katherine Hepburn en el personaje de Sussan, una joven alocada, impetuosa e impaciente, pero que descubre en David al amor de su vida.
La relación entre ambos es evidentemente el aspecto que más emociona del largometraje y a la vez es la clave sobre la que gira todo la trama. Su relación se podría relatar como un choque de trenes, un tira y afloja o una bomba de relojería, pero más bien consiste en una especie de partida de ajedrez que ambos juegan instintivamente. En un principio, los dos se quieren, pero ninguno se atreve a reconocerlo por miedo a dejarse al descubierto. Es como una montaña rusa repleta de altibajos en la que el destino acabará juntándoles una y otra vez y entrelazará sus vidas irremediablemente.
En cuanto al argumento, la historia envuelve al público desde el primer segundo gracias a la insensatez y a los golpes de efecto que revitalizan la película constantemente. En este film, Howart Hawks logra el difícil cometido de no aburrir al espectador gracias a una simbiosis de hechos que no concuerdan aparentemente, pero que finalmente sirven para crear manifestaciones muy potentes. La obra carece de cualquier tipo de suspense, ya que desde la primera escena, es previsible que entre los protagonistas hay algo especial, sin embargo, es capaz de enganchar explotando la curiosidad que existe en ver cómo dos personalidades tan distintas terminarán enamorándose como sucede con el magnetismo de dos polos opuestos.
Se trata de un film espectacular gracias a la sencillez con la que se consigue que cualquier circunstancia cotidiana acabe convirtiéndose en una realidad embarazosa, llena de diálogos sagaces y terriblemente sugerentes. Buena culpa de ello la tienen la integración de elementos de atrezzo muy particulares (pelota de golf, teléfonos, costilla intercostal…), la inclusión de coches y animales como un plus humorístico y el buen manejo de los juegos de palabras, los dobles sentidos y los significados latentes. Es cierto que, en ocasiones, estas situaciones son forzadas y sin sentido, pero tratándose de una comedia histriónica éste semblante es un mal menor.
Esta idea del simbolismo subyacente queda representada en la famosa escena en la que Sussan engaña por teléfono a David para que éste vaya a visitarla. En esta escena, se demuestra cómo narrativamente se puede decir todo sin pecar de ser demasiado explícito. A partir de ahí, toda la película cambia y la pareja ya conoce cuáles son sus sentimientos, aunque ninguno lo haya reconocido abiertamente. Es una de las escenas más memorables de toda la obra.
Un aspecto que llama la atención es el predominio de los planos medios largos en los que prima tanto el personaje como el escenario en el que se sitúan. Lo más lógico hubiera sido poner más hincapié en los primeros planos o planos más cerrados para estimular más la expresividad de los actores y reflejar mejor sus emociones, sentimientos, reacciones, gestos... Aunque quizás este método podría ser un inconveniente a la hora de conseguir que el ritmo de la película sea trepidante.
Por último, también es resaltable la importancia que se da en este largometraje a la canción “Todo te lo puedo dar menos el amor, babyyy…” que, a parte de ser un mecanismo más para incitar la comedia, sirve como resumen del planteamiento que revolotea en los más de cien minutos que dura el film: el amor no se puede dar, simplemente surge cuando menos te lo esperas. En definitiva, “La fiera de mi niña” es una obra cinematográfica impresionante que deja al espectador embelesado mientras visiona el film. En resumidas cuentas, es de esas películas que uno siempre recuerda con una sonrisa en la cara.
Etiquetas: Cine.
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