A MI MUSA
Salí a pasear...
Antonio Jarabo Velayos
Salí a pasear cuando el cielo anunciaba tormenta. La tarde había adquirido un color que me sobrecogió al pisar la calle. Estuve a punto de volver a casa, pero algo me empujó a seguir adelante. Recorrí unos metros con la impresión de que estaba sucediendo algo extraño fuera, pero también dentro de mí, pues era capaz de percibir sucesos que en situaciones normales me pasaban inadvertidos. Así, me pareció que en la conmoción de las hojas de los árboles, acunadas por el viento, había alguna intención. Quizás llevaban días esperando una tormenta de aire para manifestarse. El viento funcionaba al modo de una garganta prestada. Como no tenían ni idea de cuánto iba a durar, los árboles se decían las cosas de forma apresurada, quitándose la palabra unos a otros. Las ramas se agitaban espantadas, como si se anunciara una catástrofe o acaso el advenimiento de una nueva era...
Continué caminando. A cada paso que daba aumentaba mi nivel de conciencia, como si hubiera ingerido alguna droga. La droga era la tormenta, era el color del cielo, era el viento, eran las ramas de los árboles. Mi percepción había alcanzado tal categoría que podía reparar al mismo tiempo en el pájaro del poste telefónico y en la señora que retiraba la ropa de la terraza por miedo a que lloviera. Era una visión muy hermosa, como si estuviera pintada. La tormenta de aire se manifestaba dentro de ella en forma de pequeños remolinos, los cuales agrupaban junto a las ruedas de los coches aparcados las hojas desprendidas de los árboles. Aquellas hojas parecían restos de una conversación rota. Habían muerto, como el que dice, hablando. Todavía, incitadas por el aire, giraban sobre sí mismas como lenguas que no se resignaban a callar…
Entre tanto, el viento había sindicado sobre mi cabeza unas nubes cuya expresión, me pareció, era de mal humor. Jamás hasta ese día había sido capaz de percibir el estado de ánimo de las nubes. Creía que eran neutras, pero no. A estos nimbos les había ocurrido algo, algo especial. Decidí tomar el camino de casa, por si las cosas se pusieran feas, y sin saber cómo, me encontré junto a una adolescente muy menuda, muy frágil, que tenía el aspecto de una libélula o tal vez de una bolboreta. La mujer tenía esa edad en la que se asocia lo sincero con lo mágico. Nada más pasar a su vera, la muchacha me sonrió con gesto solemne. Y en ese instante, como si se tratará de pura poesía, como si fuera cosa del destino, como si estuviera delante de mi hada madrina o de mi más preciada musa, esa leve mueca me impulsó a conversar con ella…
—Va a llover, le dije.
—Parece magia, contestó ella.
—Es magia, afirme.
Inspirado en un texto de Juan José Millás.
Etiquetas: Reflexión
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