sábado, octubre 30, 2010

CONFESIONES

Los 4 escalones…
Antonio Jarabo Velayos

Y así, poco a poco me he convertido en lo que nunca quise ser. Poco a poco el castillo de naipes en el que se sustentaban todas mis ilusiones se ha ido desmoronando. Y ahora sólo soy una sombra de lo que un día soñé. Sin saber cómo ha pasado, una tras otra mis decepciones se han ido apoderando de mis ganas de crecer. Y cuando he querido darme cuenta todo mi ser estaba contagiado. Y es que, cuando eres tan ingenuo como yo era de pequeño, parece que está predestinado que con el paso de las noches acabarás recibiendo un choque frontal de realidad. Y eso deja tocado a cualquiera. Y cuando algo sale mal y te das cuenta de que no siempre vas a conseguir todo lo que te propongas, ya nada vuelve a ser igual. Es como un chip que salta en tu cabeza y te baja el entusiasmo un tono. Es como una onda expansiva que se te mete dentro de los huesos y te deja tiritando y con cara de frío. Espero que mal escribir estas líneas me ayude a enderezar los renglones torcidos con los que voy tintando las paredes de mi coraza.

Mi primera gran decepción tardó en llegar, pero se hizo notar. Menos mal que pude disfrutar de quince años de inocencia, bienestar y felicidad. Fue en el último año que pasamos en la escuela y fue algo totalmente inesperado. Por entonces, todos los problemas parecían enormes cuando en verdad eran ridículos. Fue en ese curso cuando el que hasta entonces era mi mejor amigo se convirtió de la noche a la mañana en un desconocido para mí. Me dio la espalda, se olvidó del pasado y cambió nuestra amistad por un “hasta luego” ocasional cuando nos cruzábamos en el recreo. Por aquel tiempo, no supe valorar la gravedad del asunto. Supongo que para mí fue como cuando rompes un juguete de tanto usarlo. No obstante, con el paso de las semanas, los meses y los años, fui comprendiendo que las mañanas cambiando cromos, las travesías en bici por los pueblos de la provincia o el malgasto de monedas en los recreativos habían pasado a mejor vida. Aunque nunca tuve claro los motivos de nuestro distanciamiento, continué como si nada. Primer escalón superado.

Mi segunda gran decepción, más bien diría mi segundo empujón hacia la ironía de este mundo fue la muerte de mi abuelo. Y digo ironía porque cuando parecía que todo me iba a pedir de boca, cuando todo parecía seguir su cauce, el destino me sorprendió de esta manera. Gracias a este palo descubrí que en la vida no hay nada eterno y que todo acaba consumiéndose con el tiempo. Esa fue la penúltima vez que lloré de verdad. Mi abuelo era alguien muy especial, nuestras personalidades eran camaleónicas, como si estuvieran hechas con una hoja de calco. Él fue quien me enseñó a conducir, quien me enseñó a cazar, quien me enseñó a valorar las pequeñas cosas de la vida. Desde que mi padre me llamó para darme la fatal noticia hasta hoy, creo que no he vuelto a ser el mismo. Y es que con mi abuelo, no hacía falta que habláramos para contarnos todo. Bastaba con que nos sentáramos en los poyetes del jardín y contáramos mentalmente las copas de los abedules de la rúa. Era como si pudiéramos leernos el pensamiento sin ni siquiera mirarnos a los ojos. Y mi abuelo no era el típico abuelo que te repite las cosas mil veces, te aburre con sus batallitas y refunfuña cada vez que llegas tarde. Simplemente, mi abuelo me había calado, sabía como era y lo que pensaba en cada segundo. Lloré su marcha en soledad, nadie logró consolarme. Por eso, tuve que tragarme mis sentimientos y anestesiar mi corazón. Es la única vez que he llorado por la muerte de alguien. Segundo escalón superado.

Mi tercera gran decepción me llegó en el terreno profesional. Tras años luchando para poder ser periodista y tras soportar toneladas de sin sabores, por fin encontré el trabajo de mis sueños. Lo tenía todo: buenos compañeros, buen sueldo, buena reputación y encima era en el medio con el que siempre había coqueteado en mis cábalas. Todo era genial, pero como siempre, todo se difuminó. No logré quedarme en aquella silla que para mí estaba hecha a medida. Perdí las ganas de seguir peleando. Porque cuando tocas con la punta de los dedos lo que siempre has fantaseado, después todo aparenta ser de mimbre o de papel cuché, tan frágil y carente de vida como una figura de papiroflexia. Me sentí infravalorado porque sabía que valía para ese empleo. Me sentí frustrado por tener lo que quiero tan cerca y a la vez tan lejos. Me sentí como aquellas viejas fotos que guardas en el álbum y no vuelves a mirar en la vida. Como esos CD’S que apilas al final de la estantería y que sólo sirven para adornar el polvo. En esos instantes intentas quitarle importancia a tus fracasos, pero en lo más profundo de tu ser, ya te has dado cuenta que nunca va a ser completamente feliz. Pero como no te queda más remedio, finges una amplia sonrisa y sigues adelante una vez más. Tercer escalón superado.

Mi cuarta gran decepción es la última que ha hecho tambalear los cimientos de ese torreón que llevo encumbrando desde que nací. Siempre solía reírme de todos aquellos que decían tener el corazón partido por desamor porque me parecían demasiado exagerados. Pero el problema estaba en que yo no sabía lo que era realmente el amor hasta que este verano pude encontrar a la persona más especial que haya conocido. Es una chica maravillosa, simpática, preciosa, con buen corazón, llena de vida y sensualidad, con una mezcla poco habitual de responsabilidad con gotas de locura. Lo que más me enamoró de ella fue su sensibilidad, su forma de hablar, su forma de mirarme y sobre todo su forma de ser. Esa dulce timidez que posee me recuerda a mi yo del pasado cuando todavía no había sido corrompido por ese rico elixir llamado universidad. Hacíamos una pareja perfecta, de esa clase de parejas que todo el mundo admira y envidia y de la que todos se preguntan cómo puede ser que no estuvieran juntos desde hace años si parecen estar hechos él uno para el otro. Veía tan claro que ella era la mujer de mi vida, que ella tenía esa materia prima con la que fabricar una vida utópica, que le regale mi alma entera. Me abrí con ella como nunca lo había hecho antes, lo hice todo por ella exponiéndome hasta las últimas consecuencias. Al principio todo fue genial, pero al final recibí una infusión difícil de diferir. Tuve que lidiar con el amargo trago de la verdad. Ella no me quiere. Cuarto escalón en proceso.

Ahora estoy intentando superar de nuevo un peldaño, el cuarto de ellos que se me pone por delante. De momento, se me esta resistiendo, tropiezo una y mil veces más y vuelvo a caer. Quiero superarlo, pero sé que si lo hago, sólo conseguiré añadir una cicatriz más a mi pobre corazón. Y ya me estoy quedando sin hilo de sutura. Quizás en el próximo peldaño resbale, caiga de espaldas y vaya rebotando de historia en historia hasta que no queden escaleras y todo sea un enorme vació. A veces, pienso que no merece la pena intentar llegar a la cima si ya sabes de antemano que algo va a salir mal y toda la montaña se va a acabar derrumbando bajo tus pies tarde o temprano. A veces, pienso que todo lo que he hecho no ha servido para nada. Pero a veces, también pienso que todo tiene una razón de ser y que todo acabará encajando cuando menos me lo espere. Hasta entonces, continuo luchando contra el vértigo que me produce el sólo recordar lo joven que soy y los muchos cimientos que aún me quedan por capear.

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