AL SON DE LA MÚSICA
20 segundos de éxtasis...
Antonio Jarabo Velayos
Comienza el concierto. Yo no toco, ni canto, pero sé escuchar. Pasa la primera canción, la segunda y la tercera y después de media hora de entusiasmo fingido por fin llega el tema q estabas esperando. Ese tema por el que compraste las entradas hace 2 meses y por el que has decidido aguantar a miles de borrachos votando sin cesar. Es esa cantinela que conoces mejor que la palma de tu mano, aquel tema con el que viviste las mejores anécdotas y con el que pasaste tu peores momentos de soledad. Y entonces empiezas a tararearlo tímidamente, como con miedo a gritar demasiado y estropear toda la magia que lo envuelve. Pero a medida que la letra va avanzando y las sensaciones se van mezclando con el estribillo, tu euforia y tu excitación van creciendo. Tu sonrisa se hace más ostensible, tu corazón late más intermitentemente y tus pensamientos se van difuminando entre nota y nota. Es como aquella situación en la que el joven inexperto está en el cine con la chica de sus sueños y poco a poco va acercando temblorosamente su mano hasta el hombro de la muchacha hasta que al fin es ella la que se vuelve y le besa por sorpresa. Y entonces llega ese momento de clímax, ese leve espacio de tiempo en el que parece que el mundo gira sin tropezarse con las mediocridades de la raza humana y en el que te sientes con fuerzas de perdonarlo y superarlo todo…
Son unos escasos 20 segundos de placer en los que los acordes se te meten por las venas y mueven tus músculos compulsivamente. Yo no tengo ritmo, ni sé bailar, ni tampoco conozco los pasos adecuados, pero con ese tema sería capaz de convertirme en la reencarnación de Fred Astaire y conquistar la pista hasta que las agujetas me obligaran a hincar la rodilla. Por esa balada, pierdo la vergüenza, los miedos, las dudas y los sinsentidos. Ese tema es el único que realmente me hace sentir vivo, que me hace soñar, que me hace olvidar y que me consigue consolar en esas noches en las que cada segundo del reloj atormenta mi cerebro. Con esa copla soy capaz de saltar desnudo a un campo de fútbol, soy capaz de hacer el pino en mitad de la catedral y soy capaz de trepar a una noria en marcha con tal de ser diferente a los demás. Con tal de demostrar que soy el niño más feliz de la escuela. Ese tema me vuelve loco, me descentra, me enamora y me destroza por dentro. Y es que tengo esa melodía tatuada en lo más profundo de mis entrañas. La escucho a todas horas en la radio, en el coche, en la tele, en el mp3, en los bares, en el metro y hasta la tengo puesta como timbre de llamada en el móvil. Ya no quiero escuchar otra canción que no sea esa porque para mí esa pieza musical es perfecta. Estoy seguro de que esa sinfonía está compuesta única y exclusivamente para mí. Ese tema me describe y me posee. Ese tema es mi cómplice. Ese tema eres tú…
Son unos escasos 20 segundos de placer en los que los acordes se te meten por las venas y mueven tus músculos compulsivamente. Yo no tengo ritmo, ni sé bailar, ni tampoco conozco los pasos adecuados, pero con ese tema sería capaz de convertirme en la reencarnación de Fred Astaire y conquistar la pista hasta que las agujetas me obligaran a hincar la rodilla. Por esa balada, pierdo la vergüenza, los miedos, las dudas y los sinsentidos. Ese tema es el único que realmente me hace sentir vivo, que me hace soñar, que me hace olvidar y que me consigue consolar en esas noches en las que cada segundo del reloj atormenta mi cerebro. Con esa copla soy capaz de saltar desnudo a un campo de fútbol, soy capaz de hacer el pino en mitad de la catedral y soy capaz de trepar a una noria en marcha con tal de ser diferente a los demás. Con tal de demostrar que soy el niño más feliz de la escuela. Ese tema me vuelve loco, me descentra, me enamora y me destroza por dentro. Y es que tengo esa melodía tatuada en lo más profundo de mis entrañas. La escucho a todas horas en la radio, en el coche, en la tele, en el mp3, en los bares, en el metro y hasta la tengo puesta como timbre de llamada en el móvil. Ya no quiero escuchar otra canción que no sea esa porque para mí esa pieza musical es perfecta. Estoy seguro de que esa sinfonía está compuesta única y exclusivamente para mí. Ese tema me describe y me posee. Ese tema es mi cómplice. Ese tema eres tú…
Etiquetas: Reflexión
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