viernes, agosto 13, 2010

PALABRAS...

Un canto a mi fuero interno
Antonio Jarabo
Palabras, palabras y más palabras. ¿Sirven para algo las palabras en el amor? Mi respuesta es que no. Cervantes, Shakespeare, Baudelaire… todos murieron solos. La inmensa mayoría de lo que hablamos o escribimos es una mentira, un escaparate, una parodia de la realidad o quizás algo peor… Casi nunca decimos lo que sentimos, hay veces que inflamos las palabras para agradar, otras veces las disfrazamos para no hacer daño, algunas veces nos reímos de las propias palabras y muchas veces las usamos como pretexto para sortear nuestros problemas. Y encima, cuando algún incauto se atreve a usar aquellas palabras que tiene encerradas en el desván desde hace años, resulta que ya están pasadas de moda…

Ya sé que las cosas importantes de la vida no pueden ser sencillas, que no todo es blanco o negro y que una vez que dices algo ya eres preso de sus consecuencias de por vida. Ya sé que las decisiones hay que tomarlas en frío y que las prisas no son buenas consejeras. Ya sé que hay que estar completamente seguro antes de dar un paso hacia adelante. Pero también sé que, si uno se lo propone, con cuatro verbos, dos preposiciones y un sustantivo se puede expresar todo. Pero el problema está en que las palabras se las lleva el viento, sólo los hechos, los recuerdos… son inmortales.

A veces es más fácil saber lo que una persona piensa por sus silencios, por lo que oculta, por la verdad que no se atreve a reconocer. Son esos pequeños lapsos de tiempo en los que las ideas se entremezclan sigilosamente unas con otras y ninguna deja fluir a la otra. Son aquellos segundos interminables en los que se te hace un nudo en el estomago y en los que la lengua se tropieza con el corazón. Romper esos silencios es algo imposible en los tiempos que corren hoy en día. ¿Qué significan esos silencios? Significan dudas, excusas, miedos, indiferencias… pero, sobre todo, adolecen de cobardía… Pavor por el miedo a equivocarse, espanto por el miedo al qué dirán o pánico por el “hasta nunca”. Por eso, las personas valientes escasean.

Al 99 % de las mujeres con las que me he tropezado, aunque parezca ficción, se les atraganta la cordura en los momentos más importantes. Si a una mujer la dices que la quieres y entonces se produce el temido silencio, no lo dudes… ella no te quiere. Si te quisiera ya lo sabrías. Si una mujer te oculta algo, no lo dudes… piensa mal y acertarás. Si una mujer te dice “no sé”, échate a temblar… Porque en ese mismo instante estás a millones de años luz de lo que realmente está pensando… ¿Tan difícil es ser sincera con una misma? ¿Tan difícil es dejar atrás los complejos, las vergüenzas y las medias tintas? ¿Tan difícil es darse cuenta de que las oportunidades sólo pasan una vez en la vida?

Estaría dispuesto a dar todo lo que tengo por saber qué ronda por ciertas cabecitas, por descubrir si piensan, sienten y padecen, por conocer sus anhelos y sus tormentos, sus verdades a medias y sus mentiras más elaboradas. Y es que ciertas mentes son, sin lugar a dudas, una maquina perfectamente engrasada que logra volvernos locos. Pero no nos engañemos, esa cualidad desesperante, frustrante y pensante forma parte también del encanto y del misterio de las mujeres. Pero, ¿por qué hay que pensar tanto? ¿Por qué hay que darle mil vueltas a las cosas cuando todos sabemos lo que hay? ¿Por qué no dejarse llevar por los momentos? En definitiva, ¿por qué comprar un billete de tren caducado cuando tienes un flamante descapotable de color rojo y tapicería de cuero esperándote en la puerta de tu casa?

Dicen que cuando deseas algo con mucha fuerza, el universo entero se confabula para conferirte ese sueño. Es un regalo que sólo se te concede una vez en la vida, por lo que es importante saber cuando merece la pena utilizar el comodín del universo. Pero también dicen que tu destino y el de los demás ya están escritos. Por eso, a veces, aunque desees algo con toda tu alma, por mucho que sueñes, reces, te drogues o enloquezcas, la solución siempre será la misma.

En esos casos, nada de lo que hagas podrá cambiar el orden de los renglones, ningún as debajo de la manga podrá dar la vuelta a la partida y nadie podrá recetarte una buena dosis de lidocaina a tiempo para anestesiarte los sentidos. En esos casos, da igual las palabras que utilices, ya puedes citar a Góngora, a Lope de Vega, compincharte con el mismísimo Morfeo o tatuarte todo el Romancero Gitano en el pecho…, que ni por esas lograrás ablandar ni un ápice la cruel vida que te aguarda. A veces, es imposible. A veces el silencio es la mejor respuesta.

A la mayoría de las mujeres que conozco les encanta hablar. Les encanta charlar, divagar, comentar, señalar, afirmar, contestar y opinar. Les encanta hablarlo todo. Yo también solía pensar que la comunicación era la base de cualquier relación. Pero ahora, en vista de que el diccionario se me queda corto, me pregunto, ¿por qué es necesario hablarlo todo? En ciertas situaciones, un silencio puede valer más que mil palabras forzadas. Una mirada puede agitar más que toneladas de cartas. Y por supuesto, un simple guiño, un gesto, un mísero detalle puede valer más que miles de conversaciones a las tantas de la mañana.

Si de algo estoy seguro es de que el auténtico amor no se predica, se demuestra… Por eso, todo esto que acabas de leer sobra…Simplemente, decir que estoy a un silencio de ti, a sólo una mirada de distancia. Sólo necesito un guiño para ser valiente.

Etiquetas: